Quintero ya no es revoltoso, ahora limpia vidrios

Las actitudes y acciones del alcalde de Medellín, Daniel Quintero, comienzan a preocupar a sus conciudadanos. Su elección fue una gran paradoja política, pues él encarna mucho de lo que los antioqueños detestan y en contra de lo que votan: las ideas y estilo de Juan Manuel Santos y Gustavo Petro.

Efectivamente, Quintero encarna al santismo y al petrismo. Santos lo hizo gerente de Innpulsa, una empresa del Mincomercio y lo ascendió a viceministro de las TIC. A su vez, Petro es su jefe político. En 2018 le encomendó la jefatura de su campaña presidencial en Antioquia. Quintero comparte con Petro sus métodos de activismo en las calles, insultos y confrontaciones por las vías de hecho. Fue fundador del “Partido del Tomate”, que, como las Camisas pardas nazis o los comunistas españoles con sus escraches, humillaba públicamente a los dirigentes políticos tradicionales, mientras él y sus secuaces se proclamaban “la nueva política”.

Quintero fue elegido alcalde de Medellín porque el uribismo en antioquia repartió sus votos entre Alfredo Ramos y el pupilo de Fico Gutiérrez, Santiago Gómez. Pero Quintero dio varios bofetones a sus paisanos de Medellín, cuando, primero, nombró en su gabinete a profesionales bogotanos que, según una exageración paisa, conocieron la ciudad el día de sus respectivas posesiones. La copa se llenó cuando se supo que las Empresas Púbicas de Medellín habían quedado en manos de un hombre de negocios radicado desde hace décadas en la capital y de uno de los ministros favoritos de Santos y ex candidato a la alcaldía de Bogotá, David Luna. Se rebosó, al anunciar que las secretarías y gerencias restantes quedaban en cabeza de cuatro militantes radicales del petrismo y de algunas figuras menores de los grupos políticos, es decir, que, contra lo prometido, le daba representación a los directorios y jefes de la mermelada santista, disfrazando a los funcionarios de independientes. El único partido que se negó a participar en el bazar de regalos fue el Centro Democrático, liderado en el concejo por el ex candidato Alfredo Ramos.

Los paisas se caracterizan por su pragmatismo. Y como pragmáticos actuaron hasta el pasado 21 de enero. Parecía haber la decisión colectiva de dar voto de confianza y margen de espera al alcalde y a su gabinete. Pero todo se vino abajo con la convocatoria que hizo el mal llamado “Comité de Paro Nacional” para reiniciar marchas, cacerolazos, gritos y rayones en paredes y en el Metro -que es el tesoro de cada habitante de Medellín-.

El alcalde creyó que podría mantener a raya a los vándalos, junto a quienes marchó hasta antes de su posesión. Hasta les montó una parafernalia de carnaval, con puestos de hidratación y reparto de sánduches en las calles que invadirían. Pero a los pocos minutos de comenzar la protesta, la ciudad fue el caos: se interrumpió el tránsito y el funcionamiento del Metro y las instalaciones de Bancolombia y el hotel Dann fueron vandalizados. La contra protesta de la ciudadanía frente a los energúmenos de la “protesta social” y contra el alcalde y sus secretarios petristas, no se hizo esperar. Tanto, que el propio alcalde salió con balde, esponja, jabón y agua, a intentar borrar los garabatos pintados por sus antiguos compañeros de marchas y protestas.

A pesar de que la administración ha hecho hasta lo imposible para desmarcarse de los agitadores, la ciudad, casi al unísono, se ha puesto contra Quintero y su gabinete. Las redes han hervido con la irritación de los tuiteros, los directivos de Bancolombia han anunciado demandas contra la administración y el hotel Dann ha recibido peregrinaciones ciudadanas de desagravio. Aunque el alcalde no es manco y sabe hacer su propio juego mediático, no ha podido hasta hoy controlar un creciente impulso de repudio que incluye hasta la consigna de revocarle el mandato.

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