Reflexiones sobre los ataques a la ministra de Ciencia y Tecnología

Los ataques a la ministra de Ciencia y Tecnología, Mabel Torres, se pueden clasificar en dos campos: uno, el de la política; dos, el del fuego amigo, proveniente de algunos miembros alineados en el ámbito de la ciencia, algunos de los cuales hicieron parte de la Misión de Sabios que entregó su informe el pasado diciembre.

Entre los dos tipos de embates, el primero es obvio. El segundo, el de miembros de la “comunidad científica”, es mas complicado y, paradójicamente, mas afín a la cultura criolla de dirimir diferencias aniquilando al interlocutor.

Primero, la política: es obvio que poner en duda dos de las bases clave del discurso de la facción más radical del Centro Democrático (CD), fracking y uso de glifosato, ubicaban a la ministra en el lugar equivocado.

Cometió otra imprudencia cuando se refirió a la necesidad de que Colombia sea una economía diferente en la que dicha práctica no sea opción de primer orden de productividad y competitividad. Impertinencia, entre otras, que está en la base de los planteamientos y recomendaciones de la Misión de Sabios. Allí, las propuestas giran alrededor de tres retos: Colombia biodiversa, productiva y sostenible y, finalmente, equitativa.

Pero más patética y triste, la segunda categoría de ataques, la de algunos solemnes sabios. Le cayeron a la ministra por el artículo de este diario sobre el uso del hongo ganoderma. En ningún momento la señora Mabel Torres ha comercializado medicamento alguno contra el cáncer. Es posible que algunas actividades suyas caigan en un terreno similar al del prominente investigador neurólogo bogotano Rodlfo Llinás cuando afirmó, hace mas de seis años, que había encontrado la droga contra el Alzheimer (Margarita Vidal tituló un artículo al respecto: “Llinás encontró la droga contra el Alzheimer. Sólo falta la patente”, Las2Orillas). ¿Por qué acabar con Llinás? Y tantos ejemplos de la vida diaria, de las ofertas disponibles alrededor de plantas, de tratamientos en proceso de experimentación, sólo para mencionar un par de casos.

En otras palabras, para los extremos políticos y sus colegas científicos pareciera que la ecuación se resolvería con una cartera ocupada por un científico que use el método científico para administar recursos públicos en el día a día, lidiar, a diario, con los congresistas, el Ministerio de Hacienda, gobernadores… y lagartos.

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