Estaba cantado

El llamado a indagatoria al expresidente Alvaro Uribe no es un hecho casual. Tampoco sorprende la medida porque era el llamado a juicio más anunciado, más esperado por los antiuribistas, más aupado por los izquierdistas y más pedaleado por los periodistas enemigos de Uribe. Nadie ignora que los desamores entre la Corte Suprema de Justicia y el expresidente Uribe eran cada vez más grandes, sobre todo desde cuando se denunció la existencia de las famosas chuzadas, que más allá de que fueran o no ordenadas directamente por Uribe, para la Corte, para la gran prensa y para la izquierda quedó como un hecho. Algunos sentían incluso que la pelea era a muerte y que los altos magistrados se la tenían sentenciada.

Un presidente que por acción o por omisión terminó en el ojo del huracán como el hombre de las chuzadas a la Corte, que se opuso vehemetemente a la manera como se adelantó el proceso de paz con las FARC, que ganó el plebiscito para que el pueblo no apoyara ese acuerdo con la guerrilla por considerarlo un culto a la impunidad, que estuvo a punto de de derrotar en su reelección a Juan Manuel Santos, con Oscar Iván Zuluaga en 2014 y que luego se atrevió a desafiar el poder y logró poner el nuevo presidente de Colombia contra todas las fuerzas de izquierda, las altas cortes, el gobierno, la gran prensa y los más intocables periodistas terminaría por ser un fenómeno al que había que parar.

Máxime cuando había dado muestras de querer impulsar al nuevo gobierno a unificar las cortes, lo que algunos entendieron como que pretendía quitarle facultades a la suprema y reducir el poder político de los magistrados. Pero lo peor que sentenció a Uribe fue haber tratado de sugerir una revisión a la forma como se adjudicó el Canal Uno. Aquí ni más ni menos se enfrentaba al cuarto poder. Semejante propuesta fue leída por Daniel Coronell como el peligro que se cernía sobre el Canal Uno y en particular contra el noticiero NTC, en quien recaería principalmente la revisión de la adjudicación, que se hizo a dedo, sin consultar los procedimientos legales y como pagos de favores recibidos por parte del gobierno de Santos.

Ante el trino de Uribe en el que anunciaba que con Duque la cosa sería a otro precio en cuanto esta adjudicación había sido irregular, los beneficiarios se habían dedicado a conseguir la solidaridad nacional e internacional para que se rechazara cualquier intento de reconsiderar una licencia que se otorgó sin mucho rigor ni apego a la ley, en la que al contrario se violaron las disposiciones y el espíritu del fomento a la industria nacional. Se le hizo el esguince a la normatividad para terminar en un rechazo a la promesa de pluralizar el servició público de televisión y de licitar un tercer canal, que terminó sustituido por esta particular adjudicación y no con un canal del Estado destinado a conceder espacios a particulares pero manejado por el ente público.

Se dice incluso que cuando ganó Iván Duque, Coronell sacó sus cartas y como la enemistad con Uribe es del tenor de “me lleva él o me lo llevo yo”, movió sus palancas y activó su capacidad de intriga para lograr que en la reunión entre el presidente electo con Felipe López de Semana y Julio Sanchez Cristo de La W, en España, se sugiriera el nombre de Alvaro García para comunicaciones en Palacio, hombre de absoluta confianza de Coronell. La idea sugiere que su misión principal es la de evitar a toda costa que se discuta la posibilidad de abrir una licitación que ponga en riesgo la adjudicación del canal Uno. Esta era la más dura afrenta de Uribe, porque ignora que es más poderoso el periodista Coronell que los mismos magistrados antiuribistas.

Lo cierto es que Uribe ganó perdiendo. El hecho de haber ganado con el presidente Duque ha intranquilizado a sus detractores, a la izquierda, a los poderosos de los carruseles de la justicia y a quienes temen porque se replanteen algunas cosas que se hicieron en el gobierno de Santos. La extradición de Santrich, la reformulación de la JEP, la licitación del tercer canal y muchas otros temas que se enseñorearon en los últimos ocho años son tan problemáticos que la única forma de detenerlos es tratar de disminuir el poder del uribismo. En un escenario de autonomía de poderes donde el ejecutivo y el legislativo se vislumbran como una sola fuerza, no era de esperar menos que el poder judicial quisiera hacerse sentir, además si cuenta con el cuarto poder.

El caso es que Uribe sabía que sus enemigos no son de poca monta. Es un toro que sabe lidiar con lo que se le avecina pero se retira del Congreso para no debilitar a su partido y dar la pelea legal en condiciones de garantías porque hoy no las siente. Sabe que los magistrados se la meterían toda por lograr su condena pero que ellos no son todopoderosos. La Corte se la ha jugado aún sin mantener el rigor de cuidar los roles de la primera y segunda instancia y de alguna manera ha mostrado que lleva las cartas marcadas, así como que parte de su fortaleza es aplicar la justicia mediática. Uribe sabe que en esas condiciones tiene que sacar lo mejor de sí, jurídica, política y mediáticamente. El único problema es que su renuncia deja huérfana a su bancada.

Por Fernando Álvarez

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